46 - Rafael Barrett, el mejor periodista literario después de
Larra

Así opina Gregorio Morán, que
ha
publicado «Asombro y búsqueda de Rafael Barrett», biografía de un
rarísimo de la literatura en español, que nació en Torrelavega, de
padre inglés y madre noble española, frecuentó París y estudió
Ingeniería en el Madrid de finales del siglo XIX, donde concurrió,
silencioso, las tertulias y, de figura, los salones y las señoras.
Jugador y duelista, fustigó la cara del duque de Arión, cinco
veces grande de España, ante el «todo Madrid» presente en el circo
Parish, lo que recomendó que se llevara su honor a Sudamérica. Su
siguiente momento de notoriedad lo encuentra de libertador en
Asunción (Paraguay) en 1904. Ahora sí aceptado en sociedad se
casa, tiene un hijo y se gana la ruina con la pluma por denunciar
la vida de los campesinos del mate. Desterrado, recala en
Montevideo (Uruguay), pobre, tuberculoso y periodista ante una
sociedad más amigable, pero apresurado por la muerte para ver a su
hijo y escribir su obra. En Arcachón (Francia), a orillas del
mismo mar ante el que nació, con 34 años y una obra hecha en seis,
muere con traje nuevo y cuidado por una tía.
Según Gregorio Morán, Barrett tiene la peculiaridad de
unir al personaje literario e intelectual su valor físico. El
valor físico es importante en un bombero y en un intelectual
porque determina su manera de comportarse. El bombero no puede
temer y el intelectual tampoco porque ha de defender aquello en lo
que cree hasta las últimas consecuencias. Barrett es de buena
cuna, tiene una cultura y piensa: «A mí no me pisa nadie». Los
pobres del siglo XIX y principios del XX no son picajosos. Pero
Barrett Álvarez de Toledo procede de una rama espuria del duque de
Alba muy conocida, la del Bierzo, y es consciente de su valor de
cuna y de su cultura notable. Cuando cree en algo -como Larra, de
origen más humilde-, se subleva si cualquier mindundi cree que
puede decirle cualquier cosa. En España no hubo Revolución
francesa y uno se hace ciudadano a golpe de sable o de pistola. El
privilegio de la ciudadanía no lo daba la ley, sino el propio
prurito.
Barrett quiere entrar en el Círculo de la Gran Peña del
Casino de Madrid. Para rechazarlo le acusan de «invertido».
Investiga quién inventa el bulo. Quiere duelo, pero no se le
reconoce el honor, imprescindible para batirse. Así que le cruza
la cara al duque de Arión. Tiene que salir de España y se publican
notas con su suicidio. ¿Lo matan intelectualmente? Lo matan
socialmente. Ha escrito un par de artículos, pero intelectualmente
no ha nacido, pese a que es insólito en el ambiente cultural
porque es trilingüe, de formación científica y capaz de leer una
partitura. Entonces en Madrid pocos saben más que español, sólo es
de ciencias Echegaray y hay que esperar años a que Ortega, aunque
tenga el oído de corcho, escriba de música. El desarrollo de
Barrett está en Sudamérica, donde encabeza las tertulias y será
recordado por Jorge Luis Borges y Augusto Roa Bastos. En España
no. Cuando fui a la Biblioteca Nacional a leer uno de los dos
ejemplares de sus «Moralidades actuales» estaban intonsos. Nadie
los había leído desde los años veinte.
Rafael Ángel Jorge Julián Barrett y Alvarez de Toledo
nació en Torrelavega el 7 de enero de 1876. Su padre era un
súbdito británico, llamado George Barrett Clarke, de formación
científica y literaria, que le proporcionaría la nacionalidad
británica, aunque él se consideró sentimentalmente paraguayo y
español, antes que inglés. Su madre, Carmen Alvarez de Toledo y
Toraño estaba emparentada con los Duques de Alba, grandes de
España.
Desde su infancia, Rafael Barrett viaja a causa de la
profesión de su padre por diversos países, residiendo largas
temporadas en París y consolidando una gran formación educativa.
De vuelta en España empieza estudios de Ingeniería, que le
permitirán trabajar como técnico agrícola en Paraguay y dar
conferencias de carácter científico. En Madrid tiene una vida
impulsiva y romántica y llega a batirse en duelos siendo en alguna
ocasión apadrinado por otro romántico y bohemio, como es Ramón del
Valle-Inclán. Precisamente su costumbre de batirse en duelo
provocaría que un tribunal de honor le condenara. En 1902 marchó a
París donde trabajó como corresponsal y periodista, lo que
demuestra ya una cierta vocación literaria.
Barrett marcha a Buenos Aires en 1903 donde se dedicó
al periodismo. En 1904 es enviado a Paraguay como corresponsal de
El Tiempo para cubrir la revolución que allí se estaba
produciendo. Su espíritu inquieto e impetuoso se vuelve a
descubrir cuando se alista en las filas revolucionarias del
general Benigno Ferreira y se queda en Asunción. Su primera
ocupación será la de técnico en la Oficina General de Estadística
y luego en los Ferrocarriles. Poco a poco va introduciéndose en
los ambientes intelectuales y periodísticos de Asunción.
En 1906 contrae matrimonio con Francisca López Maíz,
Panchita, y deja su trabajo para dedicarse plenamente al
periodismo y la agrimensura. De este contacto con el campo
paraguayo nace la impresionante serie de artículos "Lo que son
los yerbales" (1908) que publica en El Diario y donde denuncia las
condiciones de esclavitud encubierta en las que vivían los
trabajadores del campo. Estos artículos provocaron que la sociedad
respetable de Asunción le rechazara.
El compromiso ideológico iba adquiriendo un fuerza y
una forma contundente e inequívoca, lo que le llevó a ser
encarcelado y deportado por el Coronel Albino Jara, quien depuso a
Ferreira. En Uruguay trabajó en el periódico La Razón de
Montevideo, donde sí encuentra un ambiente propicio para sus
inquietudes. Pero ya su tuberculosis empieza a ser demasiado
patente y su amor al Paraguay hace que regrese a su tierra
adoptiva y se recluya en el pueblo San Bernardino para reponerse.
Es el año de 1910 sus fuerzas empiezan a debilitarse muriendo en
Arcachon el 17 de diciembre, a los treinta y cuatro años de edad.
Obra
literaria de Rafael Barret -
Otra recopilación -
Otra -
Otra -
Otra -
Otra -
Otra
Complejo de
Adán
(Asombro y búsqueda de
Rafael Barrett” de Gregorio Morán)
Me acerqué con entusiasmo al reciente libro de Gregorio Morán,
esperando encontrar algo nuevo sobre un escritor tan apasionante
como Rafael Barrett. Y he de confesar mi decepción al toparme con
un simple refrito de publicaciones anteriores, recargado con
sobredosis de anécdotas propias y salpicado con algunas opiniones
bastantes sorprendentes.
Critica Morán con virulencia el que Barrett haya sido
catalogado como pensador anarquista (“apelaron a su supuesta
anarquía como quien pone un posavasos”(p. 54), “se me descomponen
las meninges ante tan retórica mediocridad”(p. 219),“un explícito
acratismo que jamás será su opción política o intelectual”(p.
43)). Y esto sí que constituye todo un planteamiento “original”
-el único planteamiento novedoso de todo el libro- pues con ello
pretende rebatir la opinión general de todos los comentaristas de
Barrett. Y pretende también rebatir… ¡al propio Barrett! Porque el
hecho incontestable, nos guste o no, es que Barrett se declaró
anarquista, actuó como anarquista y escribió como anarquista.
¿Cómo no considerar anarquista a un escritor que
propugna la supresión del Estado, la supresión de todo Gobierno,
la supresión de las leyes, la eliminación del dinero, que ensalza
conceptos como “la Aurora” y “la Idea”, que propone la Huelga
General (el “paro terrestre”, escribe Barrett) como el paso clave
en la acción revolucionaria y que define esa huelga como “el
anárquico ejército de la paz”, un pensador que afirma “el
pensamiento en sí es una energía anarquista” y que califica como
“héroes” y “mártires” a los anarquista de acción, un escritor que
crea una revista con el nombre de “Germinal” en cuyo primer número
expone su Programa y dice “suprimid el principio de autoridad
donde lo halléis” y “combatamos al jefe, a todos los jefes”?
Pero, por si todo eso fuera poco, es que además Barrett
se declaró expresamente anarquista y detalló sus ideas libertarias
en un artículo titulado Mi anarquismo; así de claro y con todas
las letras, para que nadie pudiera llamarse a engaño. Todo es tan
explícito, que no hay cómo entender la postura de Morán (quien,
además, expresa su opinión con saña, pero no la argumenta
seriamente ni la sustenta en los textos), salvo que pretenda
simplemente llamar la atención y decir algo diferente y “original”
a toda costa.
El anarquismo de Barrett es, ciertamente, muy
cuestionador y nada esquemático, profundamente reflexivo y
absolutamente ajeno a cualquier encuadramiento en ideas simplistas
ya que, como rasgo esencial a su propia condición antiautoritaria,
niega y rechaza todo tipo de imposición doctrinaria por mínima que
sea. Barrett es un pensador penetrante, radicalmente crítico que
se debate en el torbellino de la “crisis de fin de siglo” y que
considera el anarquismo como la punta de lanza de la corriente
general revolucionaria que conmovía su tiempo.
La rabiosa vigencia del pensamiento de Barrett ha sido
destacada por Roa Bastos que resalta el carácter “precursor” de su
obra y más recientemente por Santiago Alba Rico en una frase
rotunda: “la actualidad de Barrett es la actualidad del mal que
combatió”. Barrett, por ejemplo, pone en entredicho la idea de
Progreso con reflexiones que se adelantan claramente a su tiempo y
que resultan de una notable modernidad. Y asume también sin
reservas las tensiones y contradicciones implícitas en el
anarquismo. El tema de la violencia es uno de los puntos en los
que Barrett vive de forma dramática esas tensiones: "La violencia
homicida del anarquista es mala, es un espasmo inútil; mas el
espíritu que lo engendra es un rayo valeroso de verdad" -escribe;
“…y seguirá en nosotros el vago remordimiento de lo irremediable”.
Repudia Barrett los enfrentamientos entre anarquistas y
socialistas que empezaron a producirse tras el Congreso de La
Haya, convencido de que sólo favorecerían al capitalismo y
advierte que “el antagonismo entre socialistas y anarquistas es la
última carta de la burguesía”. Con ese criterio, Barrett expresa
una opinión en general positiva hacia el socialismo y el marxismo,
pero siempre desde una posición anarquista explícita y notoria:
“El anarquismo, extrema izquierda del alud emancipador, representa
el genio social moderno en su actitud de suma rebeldía”- escribe.
Descubriendo el Mediterráneo. Afirma Morán que
Barrett “sigue ignoto” (p. 59). Y sentencia también: “No creo que
exista otro autor tan ninguneado como Barrett”(p. 47). Resulta
chocante que se pueda calificar de “ignoto” a un autor sobre cuya
obra se han publicado más de medio centenar de libros en al menos
nueve países desde su muerte en 1910, incluida una excelente
antología muy reciente de Santiago Alba Rico (Ladinamo, Madrid,
2003) y seis ediciones sucesivas de Obras Completas en Uruguay,
Argentina y Paraguay. ¿”Ninguneado” un autor al que Augusto Roa
Bastos ha dedicado una extensa y magistral semblanza1, un escritor
al que Borges (tan poco amigo de halagos) calificó de “genial” y
hacia el que han expresado su admiración, con encendidos elogios,
tanto Rodó como Valle-Inclán, Maeztu, Benedetti, Rama, Galeano,
Viglietti… y un largo etcétera, además del propio Roa Bastos que
le destaca como su principal referente literario?
Y es que Morán está convencido, a estas alturas, de
haber descubierto a Barrett:“¡Descubrir un escritor en el siglo
XXI, que murió hace un siglo!” (p. 59). Estamos, es evidente, ante
un caso modélico del conocido “complejo de Adán” que a toda costa
quiere convertirse en inaugurador de algo y descubrir el
Mediterráneo.
No es Barrett un escritor popular, desde luego; y
seguramente nunca lo será, dadas las características singulares de
su corta obra, dispersa y truncada. Pero es bien conocido por los
buenos aficionados a la buena literatura, por los seguidores de
las vanguardias críticas, y por todos los interesados en el
pensamiento radical y en la historia social y cultural de
Latinoamérica. “Sólo un serial televisivo sobre la vida y los
milagros –muchos milagros- de Rafael Barrett podían(sic)
recuperarlo en su auténtica dimensión popular” –sentencia Morán
(p. 112). Y a la vista del tipo de popularidad que Morán pretende,
habría que ver lo que el propio Barrett, agudo crítico de los
tópicos de su tiempo y de la cultura de consumo, pensaría de
semejante propuesta.
Se asombra Morán de que Barrett no exista en la
literatura española. Y la razón es bien simple: donde se le
incluye sistemáticamente es en la literatura paraguaya. Nació
Rafael Barrett en 1876 en Torrelavega (Santander), hijo de padre
inglés y madre española, pero fue en Paraguay donde se instaló,
donde formó su familia, donde maduró su personalidad y su estilo,
donde forjó el compromiso social que le llevó al anarquismo, donde
se implicó vitalmente hasta el punto de afirmar que Paraguay era
“el único país mío, que amo entrañablemente” y donde produjo la
mayor parte de su obra literaria. Resulta, por tanto,
absolutamente lógico que siempre haya sido considerado un escritor
paraguayo; y no puede sorprender que no figure en la literatura
española quien nada literario escribió en España.
Ocultación del Paraguay. Morán confiesa en las
primeras páginas (p.16) no saber nada del Paraguay, y lo demuestra
cumplidamente a lo largo del libro. Pero esa ignorancia no le
impide ponerse a pontificar de lo que desconoce, con las
desastrosas consecuencias que eran previsibles:
- Sobre la controvertida figura y la compleja época del
doctor Francia (que ha dado pie a una de las mayores novelas
latinoamericanas: “Yo el Supremo” de Roa Bastos) Morán escribe:
“La tiranía del doctor gobernó a los paraguayos durante casi
treinta años dándoles un trato de ganado, que como es sabido cuida
más vacas que gallinas, y a ovejas más que cerdos” (p. 125).
Simpleza que ruborizaría a cualquier escolar paraguayo.
- Asegura que el mitin del 1 de mayo de 1908 es
“muestra evidente del nacimiento del movimiento obrero paraguayo”
(p. 161). Será que el movimiento obrero paraguayo nació con quince
años de edad por lo menos, porque entre 1892 y 1893 se habían
organizado ya los gremios de carpinteros, sastres, panaderos,
albañiles, hojalateros, peones del ferrocarril, etc., se habían
realizado varias huelgas e incluso se había publicado el
“Manifiesto anarquista” en el diario “La democracia”. Y dos años
antes de la fecha que Morán anuncia como su nacimiento, el
movimiento obrero paraguayo era ya mayor de edad al confederarse
(el 1 de mayo de 1906) los distintos gremios en la Federación
Obrera Regional Paraguaya (FORP)2.
- Afirma que la nieta de Barrett, Soledad, murió “en
combate” (p. 219) siguiendo la versión oficial de la dictadura
militar; cuando está probado y documentado que fue detenida,
torturada y asesinada.
- La diferencia entre las construcciones jesuíticas y
franciscanas del Paraguay las resuelve también con una frivolidad
y una ignorancia pasmosas: “típica obra franciscana, por ser todo
de madera, a diferencia de las jesuíticas que compartían piedra y
madera” (p.226).
- De la notabilísima escritora hispanoparaguaya,
Josefina Plá, dice que “marcha a Paraguay en 1938, de donde no
saldrá hasta su fallecimiento en 1999, a los noventa años” (p.
34), lo cual es rigurosamente falso. Josefina Plá salió de
Paraguay en diversas ocasiones a Estados Unidos, a España, a
Brasil, a Argentina, e incluso presentó exposiciones y dictó
conferencias en varios de esos países. Y además no murió a los
noventa años, sino a los noventa y cinco.
- Explica la compleja personalidad de la esposa de
Barrett (Panchita López Maíz) desde la poderosa figura de su
“antepasado” el Mariscal López, cuando Panchita no era
descendiente del Mariscal.
- Le sorprende mucho que Panchita acostumbrara a dar la
bendición a su hijo Alex. Y de ello deduce que era una persona de
extrema rigidez religiosa, sin saber que bendecir a los hijos era
una usanza muy común en Paraguay.
- Confunde el mitin del 1 de mayo de 1908 con el golpe
de estado del mayor Albino Jara, que fue el 2 de julio.
- Cita con errores reiterados los nombres de lugares y
de personas, etc., etc., etc.
Hay un fragmento del libro en el que la vanidad de
Morán alcanza niveles francamente deliciosos: Nos cuenta la
presentación que hizo en el Centro Cultural Español de Asunción
(p. 111). Y confiesa que parte del escasísimo público asistente
abandonó la sala a los pocos minutos de comenzar su intervención.
Pues bien, en lugar de honestamente preguntarse si no supo captar
su interés, si los aburrió ya desde el inicio, si tal vez eran
buenos conocedores de la obra de Barrett y huyeron educadamente…
En lugar de eso, la emprende contra la institución que le acogió
porque… ¡no le pusieron agua! E incluso denigra a la
intelectualidad asuncena insinuando que no asistieron a su charla
porque en otro acto se ofrecía un condumio.
Cuando ignorancia rima con arrogancia. Al libro
le sobra también (hay que decirlo) demasiada petulancia. Es
impresionante la cantidad de descalificaciones e insultos que
Morán, cual moderno inquisidor, lanza constantemente a diestro y
siniestro. Lo más grave es que, al lado de tanta arrogancia, el
libro está plagado de errores hasta límites inconcebibles. Como
enumerarlos en detalle sería tarea pesadísima e interminable,
vayan como botón de muestra dos de ellos, de tal calibre que
merecerían con todo derecho figurar en cualquier antología del
disparate:
- Con referencia a un texto en el que Barrett habla de
sus colaboraciones “en las principales revistas orientales”, Morán
se mesa los cabellos y de nuevo lanza anatemas contra los
anteriores comentaristas de Barrett, se dice “estupefacto” y “se
desespera” porque “Hasta hoy nadie ha escrito una maldita línea
sobre las tales revistas, ni cuáles eran ni qué sacó en ellas” (p.
219). Pues bien, tanto esas revistas3 como lo que Barrett publicó
en ellas, todo está perfectamente documentado en el libro “Barrett
en Montevideo” de Vladimiro Muñoz (al que, por cierto, Morán trata
de “biógrafo asilvestrado” y que “su cultura está en la franja que
marca la voluntad de pasar del analfabetismo a manejar conceptos
que no entiende” p. 24).
Resulta realmente grotesco que Morán despotrique e
insulte desde su desconocimiento de esos datos; y sorprende que
seguidamente lance nuevos improperios y acusaciones de haber
creado un Barrett “localista, doméstico” ceñido al ámbito del Cono
Sur. Pero el asunto llega al más espantoso ridículo cuando nos
percatamos del verdadero origen del problema: ¡Morán ignora que
por “revistas orientales” Barrett se está refiriendo a revistas
del Uruguay! ¡E imagina que se trata de revistas de la China, o
algo así! Y desde tan asombrosa incultura todavía tiene la
desvergüenza de tachar de “retórica mediocridad” a autores de la
talla de Mario Benedetti y Daniel Viglietti por no haberse
percatado de ese Barrett de Oriente que viene a ser como un cuarto
Rey Mago cuyo prodigioso descubrimiento (éste sí) pertenece con
todo derecho a Gregorio Morán.
-Pero Morán se supera a sí mismo en pedantería cuando
pretende rectificar al propio Barrett ¡sobre su propia esposa!
Barrett llama a Panchita “menuda”, y en otra ocasión “estrechita”;
pero Morán le corrige, sí, sí, asegurando que era “rechoncha” (si
lo llega a leer Panchita, le saca los ojos) y que lo de “menuda”
es una “corrección autobiográfica” (p. 137). ¿Y por qué está tan
seguro Morán de conocer a Panchita mejor que su propio cónyuge?
Pues ¡porque ha visto una foto! ¡pero una foto de su hermana
Angelina, a la que Morán toma por Panchita! Parece un chiste, pero
es verdad; está en el libro, vean el pie de la séptima foto con
los nombres confundidos. En fin… sin comentarios.
Este es el tipo de rigor que destila todo el libro de
Morán. Libro que, en conclusión, no añade ni aporta nada relevante
al conocimiento de la obra de Rafael Barrett. Lo mejor del libro
son, sin duda, los fragmentos de textos del propio Barrett, su
escritura precisa y penetrante. Y su principal virtud es la de
traernos de nuevo a las librerías y darnos la ocasión de recordar
la obra y la vida apasionada de un escritor excepcional.
Francisco Corral, director del Instituto
Cervantes de Río do Janeiro. Autor de "El pensamiento cautivo de
Rafael Barrett" (Siglo XXI, 1994) y editor de las obras completas
de Rafael Barrett.
1 Augusto Roa
Bastos: “Rafael Barrett, descubridor de la realidad social del
Paraguay”. En Rafael Barrett El dolor paraguayo. Caracas. 1978.
2 Ver Ciriaco Duarte, El sindicalismo libre en el Paraguay,
Asunción, 1987.
3 Esas revistas fueron: “Apolo”, “Bohemia”, “El Despertar”, “El
Espíritu Nuevo”, “Libertad, Libertad, Libertad”, “Natura” y “El
Siglo”.
http://www.abc.com.py/articulos.php?pid=391658&sec=14
Complejo de Adán
(«Asombro y búsqueda de
Rafael Barrett», de Gregorio Morán)
El autor critica el libro recién publicado del periodista y
escritor asturiano Gregorio Morán sobre Rafael Barrett por
considerar que está lleno de errores y desenfoques. Francisco
Corral es autor del libro «El pensamiento cautivo de Rafael
Barrett» y se encargó también de la última edición de sus obras
completas junto a Miguel Ángel Fernández.
Emprende Morán una particular peregrinación
literaria a la búsqueda de Rafael Barrett. Y, al tiempo que va
glosando al autor, nos va narrando las anécdotas del viaje, en
parte frustrado, ya que a algunos de los destinos más
significativos (Corumbá, Laguna Porá) no consiguió llegar.
Frustrante es también la entrevista en Montevideo con su biógrafo,
Vladimiro Muñoz, ya de edad muy avanzada y visiblemente incomodado
con la visita.
Así y todo, el libro nos ofrece el interés periodístico
de quien ha encontrado un personaje fascinante y se pone en marcha
persiguiendo sus huellas en una especie de viaje iniciático. Es
fácil, en estos casos, confundir el descubrimiento personal con el
descubrimiento absoluto y caer en el conocido «complejo de Adán».
Es lo que le ocurre a Morán, que pretende, a estas alturas,
«¡Descubrir un escritor en el siglo XXI, que murió hace un siglo!»
(p. 59).
Afirma Morán que Barrett «sigue ignoto» (p. 59); y
sentencia también: «No creo que exista otro autor tan ninguneado
como Barrett» (p. 47). Resulta sorprendente que se pueda calificar
de «ignoto» a un autor sobre cuya obra se han publicado más de
medio centenar de libros en al menos nueve países desde su muerte
en 1910, incluida una excelente antología muy reciente (Madrid,
2003) y seis ediciones de Obras Completas en Uruguay, Argentina y
Paraguay. ¿«Ninguneado» un autor del que Augusto Roa Bastos ha
escrito una extensa y magistral semblanza, un escritor al que
Borges (tan poco dado a halagos) calificó de «genial» y hacia el
que han expresado su admiración, con encendidos elogios, tanto
Rodó como Valle-Inclán, Maeztu, Benedetti, Rama, Galeano,
VigliettiÉ y un largo etcétera, además del propio Roa Bastos, que
le destaca como su principal referencia literaria?
Critica Morán con virulencia el que Barrett haya sido
catalogado de anarquista («apelaron a su supuesta anarquía como
quien pone un posavasos» (p. 54), «se me descomponen las meninges
ante tan retórica mediocridad» (p.219), «un explícito acratismo
que jamás será su opción política o intelectual» (p. 43)), lo que
constituye todo un planteamiento «original», pues pretende rebatir
la opinión general de todos sus comentaristas. Y pretende también
rebatirÉ ¡al propio Barrett! Porque el hecho incontestable, nos
guste o no, es que Barrett se declaró anarquista, actuó como
anarquista y escribió como anarquista.
¿Cómo no considerar anarquista a un escritor que
propugna la supresión del Estado, la supresión de todo Gobierno,
la supresión de las leyes, la eliminación del dinero, que ensalza
conceptos como «la Aurora» y «la Idea», que propone la Huelga
General (el «paro terrestre», escribe) como el paso clave en la
acción revolucionaria y que define esa huelga como «el anárquico
ejército de la paz», un pensador que afirma «el pensamiento en sí
es una energía anarquista» y que califica como «héroes» y
«mártires» a los anarquista de acción, un escritor que crea una
revista con el nombre de «Germinal» en cuyo primer número expone
su Programa y dice «suprimid el principio de autoridad donde lo
halléis» y «combatamos al jefe, a todos los jefes»?
Pero, por si todo eso fuera poco, es que además Barrett
se declaró expresamente anarquista y detalló sus ideas libertarias
en un artículo titulado «Mi anarquismo»; así de claro y con todas
las letras, para que nadie pudiera llamarse a engaño. Todo es tan
explícito que no hay cómo entender el criterio de Morán, quien,
además, expresa su opinión con saña, pero no la argumenta
seriamente ni la sustenta en los textos.
El de Barrett no es, desde luego, un anarquismo de vía
estrecha ni un simplista encuadramiento en ideas trilladas.
Barrett es un pensador penetrante, radicalmente crítico, que se
debate en el torbellino de la «crisis de fin de siglo» y que
considera el anarquismo como la punta de lanza de la gran
corriente revolucionaria que conmovía su tiempo. Repudia los
enfrentamientos entre socialistas y anarquistas que comenzaron
tras el Congreso de La Haya, advirtiendo de que «el antagonismo
entre socialistas y anarquistas es la última carta de la
burguesía». Con ese criterio, Barrett expresa una opinión en
general positiva hacia el socialismo y el marxismo, pero siempre
desde una posición anarquista explícita y notoria: «El anarquismo,
extrema izquierda del alud emancipador, representa el genio social
moderno en su actitud de suma rebeldía», escribe.
Se asombra Morán de que Barrett no exista en la
literatura española. Y la razón es bien simple: donde se le
incluye sistemáticamente es en la literatura paraguaya. Nació
Rafael Barrett en 1876 en Torrelavega (Santander), hijo de padre
inglés y madre española, pero fue en Paraguay donde se estableció,
donde formó su familia, donde maduró su personalidad y su estilo,
donde forjó su compromiso social, donde produjo la mayor parte de
su obra literaria y donde se implicó vitalmente hasta el punto de
afirmar que Paraguay era «el único país mío, que amo
entrañablemente». Resulta, por tanto, absolutamente lógico que
siempre haya sido considerado un escritor paraguayo. Y no puede
extrañar que no figure en la literatura española quien nada
literario escribió en España.
Morán confiesa en las primeras páginas (p. 16) no saber
nada del Paraguay, y debe ser por eso que el libro está plagado de
errores sorprendentes: Se escandaliza de que nadie haya dado
noticias de las «revistas orientales» en las que Barrett dice
haber colaborado, imaginando que se trata de revistas del Oriente
e ignorando que por «orientales» Barrett se refiere a revistas del
Uruguay. Explica la compleja personalidad de la esposa de Barrett
(Panchita López Maíz) desde la poderosa figura de su «antepasado»
el Mariscal López, cuando Panchita no era descendiente del
Mariscal. Se asombra también de que Panchita diera habitualmente
la bendición a su hijo Alex y deduce de ello que era una persona
de extrema rigidez religiosa, ignorando que dar la bendición a los
hijos es una usanza familiar muy común en Paraguay. Cita con
errores reiterados los nombres de personas y de lugares, etc.,
etc., etc.
Al libro le sobra también (hay que decirlo) demasiada
petulancia. Es impresionante la cantidad de descalificaciones e
insultos que Morán, cual moderno inquisidor, lanza constantemente
a diestro y siniestro. Vaya un solo ejemplo: «La impunidad de la
inteligencia académica española constituye una atrocidad cultural
sin remedio; se podría decir que son los únicos criminales
intelectuales a quienes corresponde el privilegio de decidir sobre
la categoría de sus víctimas». (p. 59)
Hay un fragmento del libro en el que la vanidad de
Morán alcanza niveles deliciosos: nos cuenta la presentación que
hizo en el Centro Cultural Español de Asunción (p. 111). Y
confiesa que parte del escasísimo público asistente abandonó la
sala a los pocos minutos de comenzar su intervención. Pues bien,
en lugar de honestamente preguntarse si no supo captar su interés,
si los aburrió ya desde el inicio, si tal vez eran buenos
conocedores de la obra de Barrett y huyeron educadamenteÉ En lugar
de eso, la emprende contra la institución que le acogió porqueÉ
¡no le pusieron agua! E incluso denigra a la intelectualidad
asuncena insinuando que no asistieron a su charla porque en otro
acto se ofrecía un condumio.
El libro de Gregorio Morán, en conclusión, poco añade
ni aporta al conocimiento de Barrett. Sus mejores páginas son, sin
duda y con diferencia, los fragmentos de textos del propio Barrett,
su escritura precisa, rotunda y penetrante. Y su principal virtud
es la de traernos de nuevo a las librerías y darnos la ocasión de
recordar la obra y la vida de un escritor excepcional. (Francisco
Corral, dirige el Instituto Cervantes de Río de Janeiro).
http://www.lne.es/secciones/noticia.jsp?pRef=1907_52_605653__Opinion-Complejo-Adan-Asombro-busqueda-Rafael-Barrett-Gregorio-Moran