Túmbese en este edén celestial ubicado
a las puertas de un jolgorio sin fin. Es la hora de holgazanear con un daiquiri
en la mano. Verano, verano, verano... ¿Cuál es la esencia del verano? ¿Una
camisa hawaiana? ¿Un pareo modelo Pocholo? ¿Dos maracas? ¿O unas chanclas con
gafas de buceo y un flotador con forma de pato? (O en el peor de los casos, un
flotador de tejido adiposo cultivado durante los fríos meses de invierno). ¿Una
piel blanquecina, protector solar recalentado, un espíritu expansivo y juvenil?
Tal vez la esencia del verano sea la suma de todo eso... Y más. Así que haga un
ejercicio de insolencia, cálceselo todo a un tiempo y viaje al Caribe. A la
República Dominicana. Después de un año encerrado en su trabajo usted merece
unas vacaciones. Olvídese del estrés que allí no existe. ¿Listo? Comenzamos...
Humedad. Quédese con este concepto porque va a ser el
primer impacto que reciba al bajar la escalinata del avión. Un tremendo golpe de
calor húmedo en el pecho al que le costará un tiempo aclimatarse. Despójese de
los viejos tics de europeo petulante y sea bienvenido a esta nueva existencia de
merengue y salsa
¡A la playa! ¿Puerto Plata o Punta Cana? La decisión ya la
tomó al contratar el viaje. Ubicados al norte y al este de este país que
comparte isla con Haití, ambas regiones lucen la estampa de un Caribe
químicamente puro: infinitas playas de arena blanca humedecidas por inabarcables
mares de azul turquesa. Si se da la vuelta, también verá que los dos destinos
están, además, literalmente ocupados por complejos hoteleros que a ratos parecen
interminables ciudades de palmeras, cocoteros y trenecitos multicolor que
transportan un sinfín de turistas de un lugar a otro del recinto. Reclame cuanto
cóctel desee con su nuevo superpoder: una pulserita que no lo abandonará y que
le abrirá todas las puertas. Y es que hay tanto resort por metro cuadrado que,
si pudiéramos ver el conjunto desde el aire, el paisaje se revelaría como un
lienzo puntillista en el que cada hotel sería una mancha de color. Y los
paquetes de "todo incluido", inherentes a este tipo de viajes, disparan el ansia
consumista en una suerte de tarifa plana que permite olvidarse del monedero... y
del miedo a perderlo entre tanta zambullida. Así que siéntase coquetamente
salvaje y felizmente desenfadado; irradie palmito vacacional con tan sólo un
traje de baño y unas imprescindibles gafas de sol. Y, cómo no –porque no debe
olvidarla–, con esa pulserita que se convertirá durante su estancia en un
pasaporte imprescindible para serpentear libremente por los múltiples caminos
del ocio... Y la vacación.
Hamacas, palmeras, toallas, sombrillas, familias
blancuzcas, parejas viscosas, algún que otro Jonathan y tres palabras por
bandera: "semana de vacaciones". Playas de aspecto paradisíaco, hordas de
animadores, decenas de altavoces hercúleos escupiendo merengue sin tregua,
piraguas, snorkel, todo tipo de deportes acuáticos y aéreos –incluido paseos en
helicóptero– al alcance de diferentes bolsillos, langostas de agua cristalina a
escasos diez metros de la orilla, jaulas con tiburones para nadadores
aguerridos, restaurantes temáticos cada diez metros y un sinfín de chiringuitos
en donde abrevar litros de cócteles insólitos. De día, de tarde y de noche.
Acéptenme la honestidad: ¡Aquí se viene a beber ron!
Sin embargo, ni todos los dominicanos son camareros ni vale creer conocer el
país sin haber visitado Santo Domingo. Es muy fácil hacerse con un chofer en los
mismos alrededores del hotel, por unos pocos dólares, o no tan pocos, le hará de
guía acompañante –regatee, cosas de la idiosincrasia del país, y no resultará
tan caro–; y tras entre tres y cinco horas de carretera se plantará en la que
fuera primera capital española en América.
Su centro histórico es un auténtico museo al aire libre
de arquitectura colonial –no en vano el barrio Colonial fue declarado Patrimonio
de la Humanidad por la Unesco y la vía de Las Damas es su mejor ejemplo–. La
plaza de la Hispanidad, la catedral –con título de Primada de América– o el
parque de Colón, junto con el mítico hospital San Nicolás de Bari –uno de los
primeros del continente, en la actualidad en ruinas– y el monasterio de San
Francisco, son otros lugares que no debe perderse, aunque ya le aviso que le
decepcionarán, pero piense que son parte de nuestra historia y es increíble que
todavía sigan en pie. Y cómo no, el muy famoso malecón o, un poco más alejado,
el Faro a Colón, donde descansan los restos del ilustre, u otros huesos, ¿qué
más da? Disfrute de su estancia y de su pulserita, está en el Paraíso y
seguramente no volverá.