La Comisión Europea acordaba mantener al menos durante todo
el presente año 2007 la veda de la pesca de anchoa en el Cantábrico, pese a las
presiones de la flota francesa, que reclamaba la apertura del caladero durante
tres meses y la captura de 4.000 toneladas. La decisión de Bruselas parece
cerrar por unos meses una larga disputa, en la que los intereses y los
argumentos de los pescadores galos están claramente enfrentados a los de los
españoles -especialmente los vascos-, partidarios de mantener las medidas
restrictivas hasta que la especie muestre claros síntomas de recuperación. Los
informes científicos apuntan a que la supervivencia de la anchoa no está
garantizada con los niveles actuales de biomasa y el Ejecutivo comunitario ha
actuado en consecuencia, en un debate que con frecuencia ha estado influenciado
por las presiones políticas.
La historia de la anchoa en el Cantábrico es la propia de una pesquería
abundantísima que ha dejado de serlo debido, aparentemente, a dificultades
experimentadas en la reproducción de la especie por causas no del todo
conocidas, en combinación con una explotación excesiva del caladero. Y sólo
ahora, cuando queda poca, las flotas española y francesa -llegada esta última
tarde al negocio-, se disputan este otrora modesto y hoy exquisito recurso, como
si de él dependiera la supervivencia de flotas enteras y de los sectores
industriales a ella ligados.
Un repaso a las estadísticas muestra sin ambages que la anchoa ha sido durante
los últimos 50 años un predio de las flotas españolas, que la capturaban en
cantidades prodigiosas. Las cifras del CIEM, el Consejo Internacional para la
Explotación del Mar, son inequívocas: en los años 60 la flota de bajura del
Cantábrico capturaba del orden de 60.000 toneladas al año, con un pico en 1965
que llegó a las 81.000 toneladas.
El caladero, naturalmente, se resentía con esos índices de explotación. Tras 1965, las capturas de anchoa por parte de las
flotas españolas descienden espectacularmente hasta las 20.000 toneladas de 1970
y tardan años en remontar hasta las 45.000 toneladas, para volver a caer después
y seguir una línea descendente que conduce a las extracciones marginales de
nuestros días.
La flota francesa aparece activa en este proceso sólo los últimos 20 años.
Coincidiendo con la entrada de España en la UE, los franceses ven posibilidad de
negocio en una pesquería que apenas explotaban y comienzan a trabajarla, con
técnicas extractivas industriales (las artes pelágicas) que calan por debajo de
las 30 brazas, (el límite al que llegan las redes españolas de cerco), y que
permiten sacar anchoa de donde ésta reposa.
La actividad de la flota francesa en la pesquería es sólo relevante estos
últimos cuatro lustros. Limitada en principio a una cuota de sólo el 10% del TAC
(Total Admisible de Capturas), en virtud de los acuerdos para la adhesión de
España a la UE, los franceses han presionado sin descanso para conseguir más
margen de capturas, mediante acuerdos bilaterales con España e incluso con
Portugal, en convenios siempre polémicos, a veces semiclandestinos como sucedió
en 1994, durante las negociaciones de adhesión de Suecia, Finlandia y Austria a
la UE.
El caso de Portugal resulta particularmente escandaloso: París cerró con Lisboa
un acuerdo en 1994 para capturar 5.008 toneladas de anchoa que correspondía a
Portugal por cupo, pero no en el caladero de este país, (la Zona 'IXa', la costa
portuguesa), sino en el Golfo de Vizcaya. La Justicia europea condenó el acuerdo
en 2002, pero para entonces Francia se había consolidado como un proveedor de
anchoa para el mercado español de primera magnitud.
La estadística de Comercio Exterior de la UE (base de datos Comext), da noticia
de exportaciones francesas de anchoa a España de la magnitud de las aquí
señaladas, (comercio total), con cifras que oscilan entre las 10.000 y las 23.000
toneladas al año, que se sitúan muy por encima de los derechos originarios de
pesca conferidos a Francia en aguas del Atlántico, y aún sumadas sus capturas en
el Mediterráneo. El desfase entre cuotas de la flota francesa y las cantidades
realmente exportadas a España llegó a ser de 8.183 toneladas en 1998, un año
este en el que la flota española de bajura registró una costera particularmente
mala. Estos desequilibrios, que se evidenciaron en 1996, 2000 y 2001, con
exportaciones superiores a derechos en el Cantábrico y capturas en el
Mediterráneo de 4.710, 3.816 y 1.520 toneladas respectivamente, sólo se explican
por las tan contestadas cesiones de anchoa española a Francia, a cambio de
merluza, rape y merlán, practicadas a partir de 1994, que crearon profundas
divisiones entre las diferentes flotas españolas.
Las posiciones de franceses y españoles ante el futuro de la especie son
radicalmente distintas. Mientras los españoles reclaman una gestión a largo
plazo del caladero para evitar su extinción, y el uso de artes clásicas para su
explotación, como el arrastre de cerco, los franceses que saben que con sus
artes pelágicos son capaces de sacar a la anchoa de donde se encuentre, quieren
ir a por ella, argumentando que, de otro modo, va a morir infructuosamente,
porque es una especie de ciclo muy corto.
Las flotas del Cantábrico han renunciado a las artes pelágicas. Las tienen
prohibidas porque el sector es consciente de que si las utilizara, el recurso
desaparecería. Lo que quiere es preservar la pesquería para garantizarse la
subsistencia. La bajura trabaja esencialmente la anchoa y el bonito, y
complementa con otras especies como el verdel.
Es este un escenario de entendimiento difícil. En el pasado ha dado lugar a
graves enfrentamientos en el mar. Vista la situación de la pesquería, parece
haber llegado la hora de la responsabilidad. Y es a la Comisión europea a quien
le corresponde ejercerla. El mantenimiento de la veda acordado esta semana,
contra las intensas presiones ejercidas por Francia, parece demostrar que
Bruselas, esta vez, no tiene intención de dejarse intimidar. (FERNANDO PESCADOR)