No es exagerado decir que casi todo el mundo se
droga. Entendiendo como droga, claro, la cerveza, el café, el tabaco, el whisky,
el ron y el vodka, además del hachís, la cocaína, la heroína, el éxtasis, la
ketamina, y similares. Es normal en nuestra sociedad aunque muchos no quieran
verlo. En cualquier discoteca, vamos, en cualquier bar. En una ocasión
especial o de forma habitual. Aunque no gusta que se diga.
Las drogas son productos
esencialmente agrícolas que, en un mercado libre, serían mucho menos caros,
aunque el Estado las grabe con impuestos abusivos. La prohibición no
arregla el problema, puesto que siguen vendiéndose de forma general, ¿la
legalización lo agravaría más?
Por el momento el Estado
tiene el monopolio legal del tráfico de drogas, con altísimos beneficios en
alcohol y tabaco. Las drogas son sustancias nocivas para el cuerpo
humano, pero se consiguen en cualquier lado. Estas son algunas de las razones de
los partidarios de legalizar las drogas:
La prohibición de las drogas ha tenido consecuencias
desastrosas muy similares a la que sufrió el alcohol en los años veinte en
Estados Unidos. Sin embargo, en vez de reconocer el fracaso de dicha política,
la mayoría de los gobiernos alrededor del mundo se han empeñado en gastar más
recursos y atentar más contra las libertades de sus ciudadanos en un esfuerzo
inútil por detener el comercio ilegal de narcóticos. Legalizar las drogas
eliminaría o mitigaría significativamente las terribles consecuencias que
enfrentamos bajo el actual enfoque prohibicionista.
La legalización pondría fin a la parte exageradamente
lucrativa del negocio del narcotráfico, al traer a la superficie el mercado
negro existente. Y con la desaparición de la clandestinidad del narcotráfico
disminuiría en gran medida la problemática social ligada a dicha actividad. La
actual prohibición de las drogas no detiene al mercado, simplemente lo ha
sumergido bajo el manto de la ilegalidad, y cuando un negocio es un crimen, los
criminales tomarán parte de éste. Según las Naciones Unidas, el tráfico de
drogas genera $400.000 millones anuales, lo cual representa un 8% del comercio
mundial, comparable con la industria de textiles. Dicho botín representa una
tentación irresistible para los criminales del mundo.
La legalización reduciría dramáticamente el precio de
las drogas, al acabar con los altísimos costos de producción e intermediación
que implica la prohibición. Esto significa que mucha gente que posee adicción a
estas sustancias no tendrá que robar o prostituirse con el fin de costear el
actual precio inflado de dichas substancias.
Legalizar las drogas haría que la fabricación de dichas
sustancias se encuentre dentro del alcance de las regulaciones propias de un
mercado legal. Bajo la prohibición, no existen controles de calidad ni venta de
dosis estandarizadas. Esto ha conducido a niveles de mortalidad altos a causa de
sobredosis o envenenamiento por el consumo de drogas. De hecho, según un estudio
el 80% de las muertes relacionadas con drogas se deben a la falta de acceso a
dosis estandarizadas.
El narcotráfico ha extendido sus tentáculos en la vida
política de los países. Importantes figuras políticas a lo largo de
Latinoamérica han sido ligadas con personalidades y dineros relacionados con el
tráfico de drogas. Tal vez aquí yace la razón por la cual la guerra contra las
drogas se intensifica año tras año. Los grandes narcotraficantes son los que más
se benefician con la actual prohibición, y los operativos anti-drogas que se
practican en Latinoamérica sirven para eliminarles la competencia que enfrentan
por parte de los pequeños y medianos distribuidores. La legalización acabaría
con esta nefasta alianza del narcotráfico y el poder político.
Legalizar las drogas acabaría con un foco importante de
corrupción, que principalmente en Sudamérica aumenta en todos los niveles del
gobierno debido a que una substancial cantidad de policías, oficiales de aduana,
jueces y toda clase de autoridades han sido comprados, sobornados o
extorsionados por narcotraficantes, creando un gran ambiente de desconfianza por
parte de la población hacia el sector público en general.
Los gobiernos dejarían de malgastar miles de millones
de dólares en el combate de las drogas, recursos que serían destinados a
combatir a los verdaderos criminales: los que violan los derechos a los demás
(asesinos, estafadores, violadores, ladrones, grupos terroristas). Además, con
la legalización se descongestionaría las cárceles, que hoy en día se ven
inundadas por gente cuyo único crimen fue la venta y el consumo de substancias
que están prohibidas por la ley. Todos estos esfuerzos por combatir el tráfico
de drogas han sido inútiles. Por ejemplo, las mismas autoridades reconocen que a
pesar de todo el dinero gastado, los esfuerzos actuales solo interceptan el 13%
de los embarques de heroína y un máximo del 28% de los de cocaína. De acuerdo
con las Naciones Unidas, las ganancias de las drogas ilegales están tan infladas
que tres cuartos de todos los embarques deberían ser interceptados con el fin de
reducir de manera significativa lo lucrativo del negocio.
Si hoy en día las drogas son accesibles incluso en las
áreas de máxima seguridad de las prisiones, ni siquiera convirtiendo a nuestros
países en cárceles vamos a lograr mantener a las drogas fuera del alcance de
aquellos que quieran consumirlas. Legalizando estas substancias evitaremos que
los gobiernos conviertan a nuestros países en prisiones de facto.
La legalización conducirá a que la sociedad aprenda a
convivir con las drogas, tal y como lo ha hecho con otras sustancias como el
alcohol y el tabaco. El proceso de aprendizaje social es sumamente valioso para
poder disminuir e internalizar los efectos negativos que se derivan del consumo
y abuso de ciertas sustancias. Sin embargo, políticas como las de la
prohibición, al convertir a los consumidores en criminales, desincentivan la
aparición de comportamientos y actitudes sociales necesarios para poder lidiar
con los problemas de la adicción y el consumo temprano de dichas sustancias.