Descendemos de antepasados comunes de
primates y homínidos que eran tremendamente agresivos. Aunque parezcamos
afables –saludamos a desconocidos; ningún otro mamífero lo hace–,
podemos ejercer el poder sin miramientos.
Tal vez porque somos conscientes de ello, nos preocupa
mucho el efecto que las escenas violentas reproducidas en los medios de
comunicación pueden tener sobre la juventud. Al margen de la hoy mayor
cobertura mediática de los episodios violentos, hay muchos factores ciertos
que determinan la conducta agresiva de los jóvenes. Uno de los más importantes
es el papel que desempeñan los padres en la crianza de los hijos. Un niño del
que se ha abusado, que ha sido privado de amor o azotado tendrá más
probabilidades de ser agresivo. Terapeutas de prestigio reconocen, por ello,
que la mejor manera de luchar contra las enfermedades mentales y la violencia
es ocuparse de la educación emocional de los bebés y de los niños. Otro factor
cierto es la compañía de los amigos con los que el niño se relaciona: si tiene
amigos agresivos, aumentará la probabilidad de que él también lo sea, ya que
estará expuesto a un entorno que no condena la violencia. Los niños que
reciben golpes a manos de sus hermanos también pueden acostumbrarse a usar la
agresión para resolver sus problemas.
Los escasos estudios sobre el tema apuntan también a
que los chicos que tienen trastornos de conducta están más influenciados por
los medios de comunicación violentos que los demás jóvenes. El impacto de las
escenas violentas en los niños con psicopatologías tiende a ser más acusado,
porque no se inhiben con la misma facilidad que el resto frente a la
excitación y violencia que perciben.
El mono agresivo que todos llevamos dentro se crece en
entornos familiares despóticos, con el ejercicio abyecto del poder, la
primacía de las convicciones sectarias y grupales, la ausencia lacerante de
competencia social y emocional en los sistemas educativos.